Preparando la vendimia de un año difícil

Buenas tardes queridos lectores.

Se acerca la vendimia, el momento tan esperado, el de la recolección de los frutos del esfuerzo, y quería ponerlos un poquito al día con los acontecimientos.

El año que pasó fue difícil para todo el mundo por varios motivos, pero para no entrar en detalles ajenos a nuestra actividad, me quiero referir aquí solamente al aspecto climático. En diciembre tuvimos tormentas de granizo. Parte de nuestra viña resultó afectada y algunos racimos resultaron dañados. Tuvimos mucha suerte. Amigos nuestros, en el vecino distrito de La Llave, perdieron todo, incluso sus cepas, lo cual les va a llevar años reponer. Sigue leyendo

La piedra – una historia de impotencia, desamparo y fé

granizo - "la piedra" - sobre la viña

“La piedra” o granizo es un tipo de precipitación sólida compuesta por bolas o grumos de hielo. Muchos compatriotas sabrán del daño que estas piedras pueden ocasionar a tejados, toldos, automóviles… Las tormentas de granizo son frecuentes en el área cultivada cercana a la Cordillera de los Andes en los atardeceres de la época estival. Una “manga de piedra” es capaz de destruir en segundos el esfuerzo, sueños y esperanzas.

Esta es una historia que yo no escribí (*) pero bien podría haberlo hecho porque es lo que se vive y respira cada día del verano en nuestra zona rural. Una historia para los amantes de la Naturaleza que desean conocerla también en sus aspectos menos amables y para que los que están desencantados de los seres humanos vuelvan sus ojos a los que año tras año sienten la vulnerabilidad del hombre frente al desatado poder de un fenómeno natural y cada vez responden con solidaridad y con fé.

La conocía de siempre, se había criado con esa sensación de miedo que le generaba la posibilidad de su presencia. El suyo no era un miedo propio, lo había heredado; por lo tanto tampoco era un miedo del presente sino un miedo que se remontaba a  épocas lejanas y se actualizaba cada verano. Cuando era muy chico vio como “la piedra” se descargó con toda furia sobre la finca donde su padre llevaba un contrato, lo vio llorar entre la bruma de la viña y el olor de la fruta en el piso le impregnó todos los sentidos. No entendía muy bien los porcentajes que se discutían sobre el daño causado por la tormenta huracanada que arreció aquella tarde, pero aprendió sobre el sinsentido del esfuerzo y el trabajo robados en pocos minutos, el desamparo, la pequeñez e impotencia humana frente a las fuerzas de la naturaleza. También en aquellos años imborrables aprendió el valor  de la solidaridad cuando vecinos y familiares ayudaron a levantar lo poco que quedaba en las plantas. Fueron apareciendo familias enteras, grandes y chicos, a dar esa mano que su padre nunca se cansaría de agradecer. Él había sido testigo de todo aquello cuando jugando bajo del parral de la casa vio como el cielo se oscureció de repente y el aullido desconsolado de los perros empezó a presagiar la presencia de la mismísima muerte. Sintió el viento frío, se deslumbró con relámpagos y rayos; vio a su madre rezando junto a una imagen de la Virgen y la pétrea figura de su padre mirando al cielo desafiante y soportando altivamente los golpes arteros que el granizo le propinaba, como si quisiera sufrir en carne propia el dolor de sus uvas. En pocos minutos la descarga fue brutal, iracunda, asesina, poco y nada quedó en pie, ni siquiera su padre que cayó de rodillas en un callejón invadido por el desconsuelo.

Como la vida siempre se impone, con el correr del tiempo la viña, que es noble y sufrida como el hombre de campo, se repuso. Su familia también superó el trance con hidalguía y esfuerzo, pero las huellas de aquella tormenta quedaron para siempre; para él los veranos eran aterradores.

Lo encontró la tarde acodado en el palo de la zapa recordando todo aquello y decidió emprender el camino de regreso a casa donde su esposa e hijos lo esperaban; nuevamente aquella presencia le invadió la piel. Otra vez el miedo brutal y ahí, en soledad, mientras el cielo se oscurecía, vio a la cadavérica muerte paseándose por las hileras disfrazada de cosechadora. En lugar de un pañuelo negro llevaba puesta una chupalla en la cabeza y, en lugar de guadaña, en sus manos traía tijeras de podar; la vio de frente y los cuencos de sus ojos estaban ocupados por dos grandes bolas blancas de granizo. Supo de inmediato lo que debía hacer: no podía esperar ayuda alguna ante tremendo desafío, su familia y su viña dependían de él.  El tiempo era escaso y decidió poner en práctica el consejo que le había dado el cura del pueblo en aquellos duros días de niñez desconsolada; esa recomendación secreta que el cura negaría haber dado ante el mismo Cristo. Se plantó erguido  frente a la indigna y desató de su cintura una pequeña bolsita de arpillera que lo acompañaba desde aquellos lejanos tiempos y muy despacio fue vertiendo el contenido de granos de sal gruesa en forma de cruz a sus pies. Entonces, murió la muerte y el cielo se abrió.

Los noticieros de la noche daban cuenta del éxito que la siembra de sales de ioduro de plata habían logrado ante las celdas graniceras, pero él sabía lo que en verdad había ocurrido.”

(*) Texto anónimo, adaptación del publicado en iscamen.com.ar

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